Un homenaje a Juantxu Rodríguez por Maruja Torres


Juantxu Rodriguez
Juantxu Rodriguez

La última foto de Juantxu Rodríguez

La periodista recuerda la muerte del fotógrafo durante la invasión norteamericana de Panamá

Maruja Torres 06/08/2006

No recuerdo aquella semana navideña de 1990 como se recuerda un reportaje, sino como una pesadilla. También fue una premonición. Yo había salido de Madrid, semanas antes y acompañada por el fotógrafo Juantxu Rodríguez, para realizar un trabajo que recogería la labor de los jesuitas españoles en América Latina. En Panamá, nuestro objetivo se vio brutalmente truncado.

Una semana después de nuestra llegada a la capital panameña, Juantxu y yo regresamos a España. Yo lo hacía viva, por los pelos, y él, en un féretro sellado. Ésa es la pesadilla.

Recuerdo Panamá como una ciudad blanca, de calor pegajoso y ondulantes crestas de palmeras bordeando el océano; recuerdo la sensualidad de la gente y recuerdo también a Rodrigo, que nos hizo de chófer, y a Rafael Candanedo, periodista local que se convertiría en un gran ayuda, y recuerdo unas cervezas compartidas con el delegado de la agencia EFE, Andreu Claret, que me puso al corriente del momento tirantísimo que se vivía en el país a causa de la disputa por el canal, por las malas relaciones entre el general Noriega y su antiguo patrocinador, el Gobierno de Estados Unidos, en ese momento presidido por George Bush, padre, que mientras dirigió la CIA había sido quien más usó a Noriega como agente doble.

También recuerdo una madrugada -poco antes de la una, hora local- en que me desperté súbitamente, creyendo no haber desconectado el televisor. “Una película de tiros”, pensé. Y no. Los disparos se escuchaban en las cercanías de nuestro hotel, el Marriott. Desde el ventanal abierto a un paisaje paradisíaco vi algo que nunca antes había podido contemplar con tanta perspectiva. Un bombardeo. Un genuino, auténtico, supertécnico y moderno bombardeo, por parte del ejército más poderoso del mundo, sobre uno de los barrios más paupérrimos de la capital, El Chorrillo.

Juantxu usó la puerta que comunicaba nuestras habitaciones para entrar en la mía y, con su audaz sonrisa de joven reportero gráfico sin miedo, exclamó: “¡Han invadido! ¡Tengo montado el trípode!”. Pues se necesitaba inmovilidad para captar las siluetas monstruosas de los aviones, el infierno de fuego que parían sobre los panameños indefensos. Yo le dije que callara, que los norieguistas estaban tomando rehenes norteamericanos en el hotel, perteneciente a una cadena gringa. Echados en el suelo, escuchamos la radio. Ninguna emisora daba noticia alguna, hasta que conseguí conectar Radio Caracol, a la que llamaban panameños desesperados, contando lo que estaba ocurriendo.

Nunca recuperamos el trípode, ni las fotos que hizo Juantxu en aquel momento. En cuanto se hizo de día nos largamos con lo puesto y el imprescindible material de trabajo, y nos dedicamos a recorrer la ciudad con Rodrigo, que había dimitido instantánea y hábilmente de su empleo en el casino del hotel para convertirse en nuestro chófer.

Recuerdo que la ciudad que encontramos a la salida del hotel -en adelante pernoctaríamos en la Embajada de España, en donde el titular, don Tomás Lozano, se comportó como un padre- no se parecía en nada a la que había creído entrever a mi llegada. Recuerdo los carros de combate USA, las avionetas achicharradas de un helipuerto turístico, y más tarde, tras una inútil conferencia de prensa en la ya obsoleta cancillería panameña -Guillermo Endara, el títere adiposo puesto por Bush, había jurado la presidencia en una base de la zona del canal; Noriega estaba en paradero desconocido-, recuerdo haber tenido que correr entre disparos hasta la legación española, que se encontraba al otro lado de la plaza. Recuerdo los saqueos, perpetrados por panameños de todas las clases sociales -un hombre intentaba sacar de una tienda una lancha motora, manejando el volante; una mujer arrastraba varias piezas de tela de brocado; otros arrastraban lavadoras, frigoríficos, cascos de peluquería-; recuerdo los ojos de ira del propietario de un supermercado, que se defendía de los saqueadores armado con un palo, y cómo se echó a llorar cuando le pagué una botella de imprescindible whisky, mientras sus compatriotas trataban de asaltarle. Recuerdo las patadas contra los cierres metálicos de la muchedumbre enajenada, los alaridos de los norieguistas linchados, los cuerpos que se amontonaban en los pasillos de la morgue del hospital de Santo Tomás. Recuerdo a los prisioneros, maniatados y boca abajo en los parques, con las botas de los marines en sus espaldas. Recuerdo, sobre todo, que los soldados de las fuerzas invasoras, que habían bombardeado una ciudad para imponer la democracia, no hicieron nada para impedir que el caos les asegurara la necesidad de orden.

Símbolo de la locura

El 21 de diciembre, Juantxu y yo volvimos al hotel Marriott para intentar recoger nuestras pertenencias. Se hallaba en poder de los norieguistas cuando lo abandonamos, y ahora lo controlaban tropas estadounidenses. Por encima del hombro de uno de los soldados que nos conminaron a marcharnos vi cadáveres alineados en el vestíbulo. Tal vez entre ellos se encontraba el amable director que nos había invitado a una copa en ese mismo lugar, que ya pertenecía a otro mundo: el vestíbulo, con su Santa Claus montado en reno colgado del techo, era un símbolo de la locura, de la destrucción. Como la ciudad entera.

Recuerdo que retrocedimos hacia un edificio destinado a convenciones, y que vimos acercarse lentamente un convoy de los marines por la avenida que bordea el mar, y permanecimos quietos mientras giraba en dirección al Marriott, y a nosotros, que montábamos la guardia enfrente. Había otros fotógrafos: entre ellos, Roberto Armicione, de Reuters en Honduras, y uno o dos franceses. Yo miré a mi alrededor, buscando francotiradores. Ni uno. Ni dónde esconderse.

No sé quién abrió fuego antes, seguramente los que llegaban, incapaces de distinguir a los suyos, entre otras cosas porque Estados Unidos había proporcionado los uniformes del Ejército panameño. Lo que sí sé es que la tanqueta que encabezaba la comitiva detuvo sus disparos, tras abatir a unos cuantos de los suyos. Luego, la torreta de donde salía el fuego dio un giro de 45 grados y enfocó al grupo de periodistas. Eché a correr entre las detonaciones que me ensordecían, con Rodrigo y un amigo, hacia la única protección que se nos ofrecía, por risible que parezca: el automóvil. Antes de apretujarme con los otros bajo su panza llamé a Juantxu a gritos, pero él se había ido con su cámara. Le vi caminar hacia delante y caer, pero quise pensar que lo hacía para tomar una foto mejor. Era tan joven. En realidad, ya estaba muerto. Una bala le atravesó el ojo izquierdo y así murió, abrazadito a su cámara.

Fue una pesadilla y una premonición. Porque regresé a España con un féretro y con la convicción de que Estados Unidos inauguraba una nueva era de intervenciones imperialistas ajenas a la legalidad internacional, en las que la presencia de la prensa libre no iba a ser bienvenida. Con los soldados habían aterrizado sus propias cadenas de televisión, que instalaron sus estudios en las bases del canal y empezaron a difundir información embustera y sesgada.

Esto es lo que recuerdo de Panamá. No lo que escribí.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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